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Milan’s Emily Raubuch turned doubt into motivation to become Division I softball talent – MLive.com

MILAN – Not everyone believed in Emily Raubuch’s ability in the circle.

Luckily, the Milan senior pitcher didn’t need anyone’s approval but her own.

After developing a love for the game of softball at a young age, Raubuch transformed herself into one of the top players in the Ann Arbor area and will now compete at the Division I level for Morgan State.

“When I first started out, I was not good at all,” Raubuch said during a phone interview with MLive Monday. “But I kept trying and kept pushing, no matter how many people told me, ‘Oh, you’re not going to be a good pitcher.’

“I always kept working and kept using that (doubt) to motivate me and that’s what gave me the dedication that I have today.”

Raubuch developed into an ace pitcher for the Big Reds. In three seasons, she recorded 487 strikeouts with an earned run average of 1.9 en route to earning all-Huron League honors her sophomore and junior seasons.

What Raubuch was able to accomplish in three years allowed her to silence the doubters and opened the door for an opportunity to continue playing at the next level.

“I felt like I was at home when I was there and I kind of knew this was a school that beats all the other ones,” Raubuch said of Morgan State. “It feels amazing. I always knew that if I put my mind to it I could do it, so it definitely feels rewarding knowing that all the time I put in never went to waste.

“I’m happy with the ball player I am today and that’s all that matters.”

Milan softball coach Courtney Brothers only had one season with Raubuch but that’s all it took for her to gain an appreciation for Raubuch.

“In softball, there’s this stereotype of a pitcher’s mentality. They really are a unique breed, but Emily was unlike any pitcher I’ve ever played with or coached,” Brothers said. “She was very honest and hard on herself and wasn’t going to blame her teammates if a hit got through.

“She was harder on herself than anyone else needed to be and I think that made her great. If she did give up a hit, she came back harder. She took it all personally and she wanted to get better.”

Raubuch will leave a legacy at Milan that could have had more accolades added this year. And while her name will be in the record books, the 2020 graduate wants her teammates to be right there with her.

“There are some really good athletes at Milan, so I’m grateful to be among those that can be remembered,” Raubuch said. “All the girls on my softball team are amazing athletes and we all helped each other to become one big great team because obviously I didn’t do it by myself.

“It was definitely a team effort and I’m grateful to be a part of Milan (history) for the rest of my life.”

MORE:

Presenting the 5 greatest Milan athletes since 2000

Who would have been Ann Arbor’s top boys distance runner in 2020?

Which Ann Arbor-area girls distance runner will we miss watching most in 2020?

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Coronavirus en China: cómo está siendo el regreso al trabajo en el gigante asiático después del confinamiento y qué cosas han cambiado – BBC News Mundo

Gran parte de la población mundial permanece socialmente aislada para evitar la propagación de covid-19. Pero después de meses de encierro en China, la gente está volviendo al trabajo.

Este miércoles, además, han reabierto las escuelas en el epicentro de la pandemia, Wuhan, y los alumnos han asistido a clase después de pasar por el control de temperatura y con las mascarillas puestas y guardando el distanciamiento social.

Ante eso, nos preguntamos ¿cómo es la vida ahora en el gigante asiático?

Cuando Gao Ting salió de Wuhan, en la provincia china de Hubei, para regresar a su ciudad natal para el Año Nuevo Lunar, estaba entusiasmada por ver a viejos amigos y salir a cenar.

En aquel entonces, recuerda que las mascarillas eran raras entre sus colegas y la gente en general. Ella tampoco la usaba.

Salió de la capital provincial, donde trabaja, tres días antes del 23 de enero, cuando sería sometida a un estricto cierre para frenar la expansión de la enfermedad que luego se llamaría covid-19.

Como consecuencia, Gao, de 34 años, pasaría 68 días atrapada en el apartamento de sus padres en Yichang, una ciudad de cuatro millones de habitantes a unos 300 kilómetros al oeste de Wuhan.

“Quedarnos en casa era la única opción. Todos los días venían personas a tomarnos la temperatura”, cuenta Gao.

“Fue bueno pasar más tiempo con la familia, comer juntos, conversar juntos. Éramos ocho, incluida la familia de mi cuñada y mi cuñado”.

Más de dos meses después, el 29 de marzo, Gao volvió a trabajar. “Había mucha gente en el metro”, dice sobre el primer viaje de regreso. “Todos llevaban mascarillas”.

Aparte de eso, el resto era lo de siempre, ya que la mayoría de las personas estaban absortas en sus teléfonos. Era casi como si nada hubiera cambiado.

Pero el panorama laboral contaba una historia diferente.

Un duro desafío

Gao trabaja en gestión de operaciones para el conglomerado chino Wanda Group en una de las zonas comerciales más populares de Wuhan.

Chǔhé Hànjiē es una calle larga y pavimentada llena de marcas internacionales y locales, pero el negocio es lento.

Parte del trabajo de Gao consiste en medir la cantidad de clientes que llegan a ese lugar para su empleador, quien invirtió y desarrolló el área.

“Llegaban 60.000 personas, en promedio, diariamente en 2019. Ahora son alrededor de 10.000 personas por día”.

A pesar de eso, Gao está cada vez más ocupada y su trabajo se ha vuelto más arduo, y suele quedarse en la oficina hasta las nueve de la noche.

Los fines de semana trabaja desde casa, para avanzar en lo que le quedó pendiente.

Su papel también implica llamar a las empresas locales para tratar de atraerlas con el fin de para arrienden las unidades vacantes.

“Las marcas no están haciendo buenos negocios. Tratamos de ayudarlas. Muchas empresas no tienen dinero y no pueden pagar el alquiler. Algunas están cerrando”, dice Gao.

Y las que no lo han hecho deben tener cuidado de no contribuir al aumento de las tasas de infección.

Los restaurantes de Wuhan ahora cierran a las siete de la tarde y los clientes no pueden sentarse adentro. Se ve muy poca gente deambulando por las calles después de esa hora.

En el caso de Gao, la empresa se encarga de la entrega de almuerzos y cenas.

Fin de semana más largo

Durante gran parte de febrero, millones de ciudadanos chinos trabajaron desde casa, lo que para muchos fue una experiencia nueva.

Ahora algunos, pero no todos, han regresado a la oficina, aunque una menor actividad económica significa que algunas empresas en dificultades están reduciendo las horas de trabajo y los salarios.

Otros, como Gao Ting, están trabajando más tiempo que antes mientras intentan poner en marcha otra vez el negocio.

Las autoridades locales de China han propuesto fines de semana de dos días y medio para alentar el gasto del consumidor.

La provincia de Jiangxi, en el este de China, implementó ese plan recientemente. Sin embargo, las nuevas medidas son voluntarias y las empresas pueden elegir cómo implementarlas.

Otras provincias, como Hebei, Gansu y Zhejiang, también han recomendado el fin de semana de 2,5 días para estimular la economía.

El miedo a una segunda ola de infecciones

La presencia de covid-19 todavía está en la mente de todos, mientras los funcionarios de salud se preocupan por una posible segunda ola de infecciones.

Muchos edificios de oficinas y departamentos cuentan con personal de seguridad para que midan la temperatura de quienes van a ingresar.

Amal Liu, de 26 años, trabaja para una importante compañía de seguros estatal china en el sur de Shenzhen.

En su oficina, y en muchas otras, todos deben usar mascarillas y practicar el distanciamiento social.

“En la cantina debemos sentarnos separados”, dice Liu.

Cuenta que algunos trabajadores extranjeros, con quienes se comunica para trabajar, ahora sienten los efectos de sus propios confinamientos prolongados.

“No me gustaba trabajar desde casa, no era tan eficiente como en la oficina”, dice Liu, quien prefiere la regularidad del horario de la oficina.

Para otros, las relaciones con clientes internacionales también se han reducido.

Ariel Zhong, de 25 años, trabaja para una plataforma china líder de transmisión de videojuegos en Hu Ya, Guangzhou, y es responsable del desarrollo de los mercados emergentes.

Zhong estuvo viviendo en México y haciendo viajes regulares entre Asia y América Latina, pero para finales de marzo estaba de regreso en China.

Al llegar a su país, fue puesta en cuarentena en un hotel y luego trabajó desde su casa durante una semana. Desde el 15 de abril, regresó a la oficina, con algunos cambios notables.

Antes del Año Nuevo Lunar, su horario de trabajo era fijo. “Pero ahora tenemos horarios flexibles de entrada y salida, siempre que trabajemos durante un período de nueve horas, incluido el almuerzo”, dice.

Estas horas escalonadas se deben en parte a que el distanciamiento social en el transporte público causa demoras y también impide que muchas personas entren y salgan del edificio al mismo tiempo.

A pesar de no poder viajar al extranjero, Zhong se siente feliz de estar de vuelta en la oficina, porque dice tener una rutina de trabajo más eficiente, especialmente porque necesita una velocidad de internet estable y rápida.

El problema es que su sueldo ha disminuido significativamente, dado que el 60% de su salario está compuesto por incentivos para viajar al extranjero, algo que no puede hacer en las circunstancias actuales.

Trabajo menos eficiente

Zhang Xiaomeng, profesor de comportamiento organizacional en la Escuela de Negocios para Graduados de Cheung Kong, en Pekín, descubrió que muchos empleados reportaron una reducción de la eficiencia cuando trabajaban desde casa.

En un sondeo llevado a cabo por su equipo, más de la mitad de los 5.835 encuestados informaron de una reducción de la eficiencia al trabajar desde casa.

Casi el 37% no informó un cambio en su eficiencia, mientras que menos del 10% dijo que trabajaba de manera más eficiente desde su hogar.

Krista Pederson, quien trabaja en Pekín para Hogan Assessment Systems, una compañía que realiza evaluaciones de personalidad, dice que China está en una posición ideal para incluir un estilo de trabajo más flexible, con la tecnología y la infraestructura para respaldar esta alternativa.

Pero esta flexibilidad adicional podría tener un costo.

Una mayor presión sobre los empleados

“También hemos visto un aumento en las expectativas sobre la capacidad de respuesta en todo momento, con una mayor presión para que los empleados respondan más rápidamente o estén dispuestos a tener reuniones en horario no laboral”, cuenta Pederson.

Sin embargo, esta tendencia no se ve en todos los sectores.

“Hemos escuchado que algunos de nuestros clientes de empresas estatales están investigando y tratando de volver al entorno laboral tradicional”, dice.

Pederson cree que esto se debe a que “son organizaciones altamente estructuradas que confían en la estructura para hacer las cosas”.

Ella dice que en las evaluaciones de personalidad, los líderes en estas compañías a menudo obtienen puntajes más altos en aspectos como “tradición” y “seguridad”.

“No podemos decir que estamos seguros”

No toda China se vio gravemente afectada por la covid-19, pero hubo efectos colaterales en el país en general.

He Kunfang, de 75 años, es una doctora jubilada que practicaba la medicina tradicional china.

Vive con su esposo en Kunming, en la provincia suroccidental de Yunnan.

“No hemos sido muy afectados por el virus”, dice. “El suministro de alimentos se mantiene estable, pero solíamos nadar tres veces por semana, y ahora no podemos ir a la piscina”.

Su hija de 30 años, quien residía en Pekín, ahora vive con ellos.

“Mi hija es intérprete en conferencias. Trabaja como autónoma y su empleo se ha visto afectado”, cuenta He.

Los viajes al país todavía están muy restringidos, por lo que el negocio de las conferencias internacionales, sin mencionar el turismo, se ha visto muy afectado, un efecto secundario que se está replicando en todo el mundo.

“Tiene que pagar el alquiler en Pekín, así como préstamos, tarifas y seguros”.

Muchos países están mirando a China para tener una idea de cómo sería la vida cuando se levanten las restricciones para quedarse en casa.

Pero todavía hay mucha incertidumbre en China y muchos están ansiosos mientras ven que otros países luchan por contener el virus.

“Todavía estamos en el período de coronavirus”, dice Ariel Zhong, y subraya que el final de esta pandemia global depende en gran medida de un esfuerzo colectivo mundial.

“Mirando a otros países, no podemos decir que estamos a salvo… Si otros países no lo controlan, todos nos veremos afectados”.

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AI, Robots, and Ethics in the Age of COVID-19

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Before COVID-19, most people had some degree of apprehension about robots and artificial intelligence. Though their beliefs may have been initially shaped by dystopian depictions of the technology in science fiction, their discomfort was reinforced by legitimate concerns. Some of AI’s business applications were indeed leading to the loss of jobs, the reinforcement of biases, and infringements on data privacy.

Those worries appear to have been set aside since the onset of the pandemic as AI-infused technologies have been employed to mitigate the spread of the virus. We’ve seen an acceleration of the use of robotics to do the jobs of humans who have been ordered to stay at home or who have been redeployed within the workplace. Labor-replacing robots, for example, are taking over floor cleaning in grocery stores and sorting at recycling centers. AI is also fostering an increased reliance on chatbots for customer service at companies such as PayPal and on machine-driven content monitoring on platforms such as YouTube. Robotic telepresence platforms are providing students in Japan with an “in-person” college graduation experience. Robots are even serving as noisy fans in otherwise empty stadiums during baseball games in Taiwan. In terms of data, AI is already showing potential in early attempts to monitor infection rates and contact tracing.

No doubt, more of us are overlooking our former uneasiness about robots and AI when the technology’s perceived value outweighs its anticipated downsides. But there are dangers to this newfound embrace of AI and robots. With robots replacing more and more job functions in order to allow humans to coexist as we grasp for some semblance of normalcy, it’s important to consider what’s next. What will happen when humans want their former jobs back? And what will we do if tracking for safety’s sake becomes too invasive or seems too creepy yet is already an entrenched practice?

A New Normal Comes Racing In

After a vaccine for COVID-19 is developed (we hope) and the pandemic retreats, it’s hard to imagine life returning to how it was at the start of 2020. Our experiences in the coming months will make it quite easy to normalize automation as a part of our daily lives. Companies that have adopted robots during the crisis might think that a significant percentage of their human employees are not needed anymore. Consumers who will have spent more time than ever interacting with robots might become accustomed to that type of interaction. When you get used to having food delivered by a robot, you eventually might not even notice the disappearance of a job that was once held by a human. In fact, some people might want to maintain social distancing even when it is not strictly needed anymore.

We, as a society, have so far not questioned what types of functions these robots will replace — because during this pandemic, the technology is serving an important role. If these machines help preserve our health and well-being, then our trust in them will increase.

As the time we spend with people outside of our closest personal and work-related social networks diminishes, our bonds to our local communities might start to weaken. With that, our concerns about the consequences of robots and AI may decrease. In addition to losing sight of the scale of job loss empowered by the use of robots and AI, we may hastily overlook the forms of bias embedded within AI and the invasiveness of the technology that will be used to track the coronavirus’s spread.

Bias and Privacy Issues Have to Matter

There are many critical considerations we have to make before we become more reliant on AI and robots during the pandemic.

First, as society’s adoption and comfort level increases, organizations need to be mindful that the opportunities for bias that we know exist in AI are still a concern. For example, the potential of AI algorithms to assist with health care decision-making is vast in part because they can be trained on large data sets. AI may be called upon to help handle cases where a triage decision needs to be made in an intensive care unit — such as who gets access to a ventilator — which can have life and death ramifications. Given that heart disease is often misdiagnosed in women and black patients are frequently undertreated for pain, we know that many forms of bias underlie data sets and can interfere with data quality and how data is analyzed. These problems predate the advent of AI, but they could become more widely encoded into the fabric of the health care system if they are not corrected before AI becomes widespread.

Second, privacy concerns with respect to data collection and data accuracy are a growing problem, and organizations need to pay special attention to this issue. Vast data collection may be necessary for curtailing the spread of disease: Companies around the world are proposing phone-based apps that track individuals’ contact with those diagnosed with or recovering from the virus. Google and Apple, for instance, are partnering on an opt-in app for individuals to self-disclose their COVID-19 diagnosis. One might make a compelling argument that this is justified until the pandemic ends. Yet, once the precedent for this type of surveillance is established, how do you remove that power from governments, companies, and others? Are sunset clauses going to be built into organizations’ data collection and use plans?

The secondary uses of the vast troves of tracking data will undoubtedly entice organizations to hold on to them, especially given the financial profits that could be made off the data. Take the case of the app from Google and Apple. What happens when members of the public demand to get their data back or EU data protection and privacy rules require the disposal of the data when it is no longer needed? Cases of abuse from covert data collection and sharing are already well documented. Organizations involved in data collection and analysis — and their oversight — need to address these issues now versus later, when individuals will be less forgiving if their data is appropriated for other uses or used in ethically dubious ways.

It certainly is tempting to cast aside certain norms, regulations, and other protections, such as those around data privacy, in an emergency, when that may be what is needed in the short term to protect people and save lives. Yet we must not fail to prepare for what comes after this global emergency. This includes developing retraining strategies to help those whose jobs have been disrupted by the pandemic — already well over 30 million people in the U.S. alone — as they try to return to the workforce, given that some of those jobs are highly susceptible to replacement by automation. We need to rethink the harmful biases that might have cropped up in the AI applications we’ve adopted — biases they will have learned from our adaptive behaviors and will have modeled through their interactions with us. And although we are living in an unprecedented situation, we proactively need to address planning and protections in relation to the adoption of robots and AI. Otherwise, a crisis of another form may be looming.

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